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Aikido Hakusan Dojo
Un Arte Marcial para la Vida

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Segundo Viaje a Japón del Aikido Hakusan Dojo

Un camino dentro del Camino
Durante Mayo del 2008, un grupo de aikidokas hemos tenido el privilegio de acompañar a Manuel Díaz Sensei en viaje a Japón, a partir de una invitación extendida por Takeda Yoshinobu Shihan.

Preliminares

A pesar de que usualmente se sugiere lo contrario, las expectativas eran muy grandes, con el antecedente previo de las historias, anécdotas, fotografías y videos que aquellos que habían hecho el primer viaje a Japón en Mayo de 2006. Nos llamó aún más la atención, y elevaba nuestra motivación, una brisa claramente distinguible en el tenor de la práctica, del compromiso con el Dojo y con el Maestro de aquellos primeros viajeros.

Varios hicieron un esfuerzo por reunir tiempo, dinero y ganas para poder participar del viaje. No todas las variables se pudieron dar para unos, y para otros, el momento apareció y lo pudieron aprovechar. Así, un grupo definido de 14 personas afinó progresivamente los detalles necesarios para partir.

Fueron bienvenidos los antecedentes aportados por los primeros viajeros, las reuniones en casa de Nico y en el dojo, los distintos esfuerzos dentro de los viajeros por conseguir la mejor tarifa área y de trenes, el inmejorable cortavientos, o el óptimo medio de comunicación- la página del grupo de viaje JAPON 2008. Todos cooperaron a su propio viaje y al de todos. Mención aparte merece el valioso apoyo de Jean Rene Leduc sensei, quien desde Canadá coordinó el arriendo de la casa en Totsuka y la agenda por la cual nos guiaríamos durante el viaje. Una labor prodigiosa.

La sensación? Algo así como los momentos previos a que el sol salga en un amanecer esperado.

Primera etapa. La llegada

Es un viaje laargo…más si no funciona la pantalla de películas de tu asiento del avión. Pero las ganas pueden más que las 13 horas a Canadá y las otras 11 o 12 a Tokio.
Toronto fue un preludio justo. Aunque obtener la visa en tránsito fue engorroso, y para algunos hasta un poco humillante, valió la pena. La sinergia del grupo empezó a operar enseguida. Quienes ya habían estado sugirieron aprovechar las horas por delante y pescamos un bus al centro de la ciudad. Primer regalo inesperado. Un paseo breve por el centro, un hotdog con tutti en el carrito de Mike, un primero, de muchos, cafés en Starbucks. Quedaba claro también, desde el comienzo, que no sería fácil mover al unísono y con agilidad al grupo.

En el avión a Tokio, el primer ramen (sopa de fideos). En el aeropuerto Narita un encuentro con Jean Rene sensei y Joan, quien sólo un par de semanas antes había estado viviendo por unos meses en Chile. Un efusivo encuentro y a moverse. Un detalle, debimos cambiar una gran cantidad de dinero: la casa de cambios del aeropuerto no tenía el típico “sobreprecio” esperable. Una primera muestra de los detalles japoneses.
Tren rápido a Totsuka. Taxi a la casa. A 15 minutos de la estación, nos espera una casa grande arriba de una colina. Zapatillas para cada uno. 6 Piezas. 2 cocinas grandes. 1 sala de estar amplia. Hasta un bosque sagrado de vecino. Pronto llegaron nuevos amigos canadienses y uruguayos: Alix, Richard, Marylin, Nicolás y Andrea. Fue el espacio preciso para ricos y cooperativos desayunos; conversaciones eventuales y aprovechar de conocerse un poco más; dormir hombres separados de mujeres y senseis separados de alumnos; esperar por el baño; colgar y ver colgada mucha ropa; guitarrear, reír y tomar vino; reciclar más o menos; Internet en las escalinatas; casas vecinas de jardines ajustados, calle pequeñas y silenciosas; vecinos que si no te dejaban colgarte a Internet tapando su vitrina, te ofrecían una silla para que no te sentaras en el suelo de enfrente. Detalles japoneses. Un barrio y un hogar para convivir por un mes.

Primera clase en el Dojo de Takeda sensei. Y así, más como esa.

Japón comienza a entrar en nuestras venas, en nuestro imaginario y en nuestra rutina. Trenes de horarios precisos, de gente haciéndose la dormida, nadie se mira, de estaciones concurridas donde nadie se toca, donde todos circulan rápido, absortos, distantes. Hay un nivel de atención superior, la gente es mayoritariamente amable, “sumimasen” es un mantra. La gente se anticipa y está pendiente de que las cosas funcionen, sin hacerte sentir que están funcionando (un detalle con respecto a Canadá según comentaba Alix…y más con respecto a Chile). Todo querrá ser devorado por nuestras múltiples cámaras de fotos y de videos.

Un dojo sencillo. Sorprende su sencillez. Cruzas un puente sobre una vía rápida, luego de caminas unos 10 minutos a buen tranco desde la estación de Higashi Totsuka, doblas la primera calle y al final del callejón un discreto letrero señala el dojo. Arriba vive Takeda sensei. Una sensación de callada armonía trasunta todo. Un hito, “Que la paz prevalezca en el mundo”, acompaña a quien desee entrar.

Los zapatos y zapatillas se agolpan en la entrada. El camarín es ajustado. El tatami duro. Vinimos muy asustados con él, pues fue un tema para los primeros viajeros, quienes rompieron muchas rodillas. Compramos rodilleras en masa. Afortunadamente esto palió el dolor de muchos. Para mí, para mí sorpresa, nunca necesité de ellas.

La práctica empieza antes, todo progresa naturalmente. Debes precalentar sólo. Alguno, de los muchos aikidokas que allí practican, comenzará suwariwaza ikkio u otra técnica. Pronto se le unirán otros. En breve, toda esa sensación de quietud previa explota en intensa actividad. Calladamente, Takeda sensei aparece, muestra brevemente algo y la clase continúa con aún más brío. La expectativa es tremenda.

Querer tragarlo todo, captar lo más posible. Cada detalle, cada oportunidad con alguno de los alumnos, que son muy avanzados, muy conectados, muy relajados. Cada uno un maestro. Nadie como Takeda sensei, claro. Lo rodea un desapego especial, sencillo, mistíco?, como de otra realidad. Todo fluye en sus movimientos. Puede ser increíblemente poderoso pero es gentil, despierto, vital.

Luego de un atokeiko probando la mano de cada sempai y sensei hasta la extenuación, la clase termina como empieza. Unas palabras de Takeda sensei de bienvenida, con el detalle que fue más corta porque debemos estar cansados por el largo viaje. Para mí fue laarga. El viaje había sido largo para llegar y sentir plenamente, junto a mis compañeros de práctica y nuestro maestro, que finalmente estábamos en algo así como la fuente.

El ato atokeiko será una tónica. Ya sea en un restorán cercano, el desayuno o la comida serán una inmersión en la camaradería, las costumbres, las comidas y la celebración de cada práctica y de los invitados. Buenísimo.

Ese día por la tarde, aprendemos que todo lo queramos hacer cuesta, pero vale la pena. Entre una lluvia torrencial e informaciones confusas llegamos a los baños de Ofuna para atisbar la relación del pueblo japonés con el agua. Relajo y salud.

Segunda etapa- Sumergirse en la práctica

Como lanzados al río. Todo comienza a fluir. Desde el desayuno temprano (más si te tocaba en el grupo organizador de turno: samurais, geishas, yakuzas), al infaltable tren (donde la dispersión del grupo se hacía evidente y “Mamona ku” se escucha a cada rato) a la practica en algún dojo, algo nuevo y distinto siempre.

En el Templo de Ashimangu, en la primera capital declarada de Japón, Kamakura, participamos de la exhibición de la AKI ante el Doshu. Una primera impresión de la organización y su estado de intensidad de práctica, del Doshu preservando el estilo, su hijo, destinado a preservar el linaje. Una sensación de estar en el corazón del movimiento. Un cóctel al que llegamos atrasados, para dar el tono “latinoamericano” a la ceremonia. Luego, un pequeño restobar, la celebración algo desenfrenada, donde Charlie se roba la película. Un pincelazo de la belleza de la ciudad que probaremos al día siguiente, en el restorán de soba o paseando por sus calles y tiendas.

Ofuna, a tres estaciones de Totsuka, trae buenos recuerdos para los primeros viajeros. En el Budokan, sobrio y preciso, “Camera” Takeda sensei nos recibió en una clase impecable, para descubrir las líneas del movimiento. Una muestra de Iaido y Kyudo resaltan el mensaje. El mercado y la vista del imponente estatua de Avalokitesvara.
Por la tarde una nueva pequeña odisea de trenes a la clase de Numata sensei. Nos sentimos acogidos, copamos el pequeño dojo. Sensei nos esboza la importancia de la estructura perfecta, su profundo conocimiento del Iaido está presente. Disfrutamos de la clase, de la simpatía de sus alumnos, y de un atoatokeiko profuso y alegre en el mismo dojo.

Llegar a Tokio en dos días fue como entrar en la Colmena. Incesante, sobrexpuesto, vibrante. Después de desentrañar la madeja de trenes, una esperada visita a Iwata, para estimular la ilusión de calzar la pieza perfecta. Practicar en Hombu dojo la clase de Endo sensei, otra de aquellas actividades que de la que muchos querían participar, y bueno, podemos decir que estuvimos en el Hombu Dojo. Shinjuku, los jardines del Palacio Imperial, Akihabara, el Campeonato de Sumo, un Starbucks o cualquier Café para charlar y observar, cualquier lugar caminado por la urbe, fluir y nadar en el mar humano, de concreto, electricidad y metal de Tokio. Un poco perdidos, mudos, movidos por la actividad siguiente para la que siempre parecía estuviéramos atrasados, llegaríamos un poco tarde y un poco más cansados, un poco más felices.

Fin a la segunda semana, en Zushi, con una clase de Takahashi sensei a escasos centímetros del suelo, llegando de manera veloz y precisa al centro. Una celebración de camaradería matizada por los alaridos de “Urrruguay” san, la risa y sabores japoneses a los que ya nos acostumbrábamos, profuso sake y cerveza.

Tercera etapa. Viajar, atisbar su cultura y el Aikido

8.52AM Shinkansen Hikari 405 a Hiroshima. Una visión futurística del progreso japonés. El tren bala sería nuestro nuevo aliado. Una velocidad diferente se imprime al viaje. Un nuevo acercamiento a Japón y a nuestra aventura en el Aikido.

El grupo deberá moverse aún más unido para sobrellevar los cambios de trenes, hoteles, turismo. Se divide en subgrupos para coger distintas funciones y objetivos. Se verá a prueba la paciencia y las ganas de hacer juntos el viaje, sin desconocer posibles diferencias de prioridades y opinión, pero sin perder la frescura de los primeros días.
Hiroshima. Los síntomas de una ciudad devastada aparecen si pones atención, aunque hayan ya pasado más de 60 años. El Museo y el Parque de la Paz nos sobrecogen. Aparecen visiones del sufrimiento y la atrocidad del que somos capaces como seres humanos, y de la urgente necesidad de propagar la paz en el mundo. Un mensaje que resonará luego en el discurso de Takeda sensei, que no parece casualidad. Como un pequeño regalo visitamos Miyayima. Una pequeña isla sagrada. Entre ciervos, templos Budistas, santuarios Shintó, y souvenirs, centenas de turistas desembarcan de los ferries, como nosotros, buscando la foto precisa, el “yo estuve ahí”. Quizás a alguno, con más tiempo, se le aparezca algo más.

Matsuyama. Cruce en Ferry, viendo sumo por la tele, tomando cervezas y snacks con sabor a camarón al atardecer japonés, nos deposita en la isla de Shikoku.
Un regalo de Takeda sensei. En Matsuyama, un lugar de descanso tradicional para los japoneses, el baño Dogo Onsen es un símbolo de ello del cual varios de nuestros viajeros disfrutaron, un seminario sólo para nosotros en un lugar histórico, la casa de Akijama brothers, próceres de guerra, convertida en Dojo por uno de ellos. 3 días de práctica intensa hasta con presencia de los diarios, televisión local y visitas importantes. Bajo la aguda mirada de los senseis, donde los exámenes fueron repentinos, directos a la vena, involucrados completamente como uke o nage. Con pocari sweat, calpis y jugo de naranja para refrescar. Celebramos el seminario y luego el cumpleaños de Manuel sensei con alegría y mucho campai. Una flauta, una cesta verde quedarán en el recuerdo de ese momento. Matizados por alguna parada en Starbucks, Baskin Robbins por la noche o un Lawson. El castillo de Matsuyama coronó esta escala con una reseña al Japón feudal bañada de niños comiendo sus almuerzos en los jardines.

Kobe. Tren por el puente más largo del mundo. Una ciudad destruida hace poco más de 10 años por un terremoto. Secuelas que se perciben nuevamente, a lo lejos. Signos de un Japón tozudo y determinado a sobreponerse a una Naturaleza desatada. El Dojo de Nakao sensei, fue un afortunado hallazgo para muchos. Un Aikido de mayor foco en nage, una nueva brisa de práctica, distinto. La celebración llegó a su punto álgido con sendas comidas en el 2º piso del restorán de Nakao sensei y Akiko san, su señora. Inolvidables desayunos también. Irradiaban una camaradería y una felicidad de la que quisiéramos contagiarnos.

Kyoto. El Shinkansen nos deja en la Kyoto station, donde es fácil perderse. El grupo cansado hace gala de su falta de atención y acorta el tiempo de visita a la ciudad. Sin embargo, lo poco que vemos, maravilla. Caminamos, corrimos, paseamos en bici, tren, metro y bus. Templos de cientos de años que parecían haber sido hechos la semana anterior. Todo impecable. Todo justo. Una idea divertida me ronda: “cuánto nos demoraríamos los chilenos en desarmar todo este escenario para hacerlo relativo y aporreado?... No le daba más de dos meses. El sector de la estación, el barrio de Gion, sus luces y parque; los jardines del palacio imperial y el castillo Nisho; el budokan en el templo Heian; El pabellón de oro Kinkakuji; el jardín de piedras Ryoanji, la ciudadela budista.

Un nuevo regalo de Takeda Sensei para Manuel sensei y sus discípulos. En el corazón del Budokan de Kyoto, en el templo principal alguna vez visitado por O sensei, una ceremonia especial Omotokyo. Una visión de la profundidad del mar de conocimientos y símbolos en el que nos encontrábamos.

Para coronar la semana y en interesante contraste con al experiencia anterior, aterrizamos en el Budokan de Tokio para el 46º Aikido All Japan. Miles de aikidokas de las tendencias más diversas, repletando las graderías y los 5 tatamis donde las presentaciones se suceden una tras otra. Manuel sensei presenta junto a Nico Talloni de uke, representando ya a AKI Chile dentro del grupo AKI, al centro del centro. Takeda Shihan realiza su presentación que no deja indiferente a nadie. La comida final, un rito del que ya se entiende su necesidad, deja un registro algo melancólico. El viaje ha sido intenso, los bolsillos ya desgastados hacen ruido, la casa se extraña. Afuera del local, llueve intensamente en Tokio y obscurece.

El Domingo por la mañana tomamos la clase de Takeda sensei. A algunos ya se nos acaba esta experiencia y la queremos guardar en la retina. La práctica seguirá intensa, el trabajo de uke seguirá siendo clave, y los sentidos puestos lo más cerca posible de Takeda sensei seguirán. Nosotros intentaremos hacer eco de las palabras de despedida del sensei. “Expandan esta idea en sus lugares de origen. Si quieren, claro.”
El viaje continuará por una semana más para aquellos que acompañan a Manuel sensei hasta el final. Práctica intensa (cada clase es un pequeño tesoro para vivir a concho), visita a lugares idílicos, y la oportunidad de seguir atentos a las indicaciones de Takeda sensei, deja la huella aún más grabada. En palabras de Ricardo, una semana donde hubo un nuevos momentos para “captar el mensaje de Takeda sensei”: la importancia de haber descubierto y participar de este hilo del conocer, este estilo que se entronca con un forma de saber que es muy antiguo, y darse cuenta de que ya somos parte de él, se nos ha aceptado y por lo mismo se espera que estemos a la altura, que no guatiemos a la chilena, que expandamos el mensaje con devoción por la práctica y respeto por el maestro”.

Mi sensación: Como Ulises en el mar abierto. En una Odisea de descubrimiento personal. Abrazar la luz. Renunciar a las antiguas formas y ver un nuevo amanecer aparecer.

Este es el Aikido que queremos hacer. La tarea queda abierta. Hacer nuestro más honesto esfuerzo por seguir en el camino, infinitamente agradecidos de Takeda Shihan, Manuel Díaz sensei, Jean Rene sensei y de todos, para ojalá inocular el mensaje en las venas de Latinoamérica.

Escrito por Eduardo Zamudio T.